«Muchos jóvenes nunca se han sentido parte activa del sistema, pero tienen ilusiones, motivaciones, ideas y talento»

Con 28 años, Hatim Azahri ha convertido las dificultades vividas en un motor de transformación social. Nacido en Nador, Marruecos, y criado en el barrio del Poble-sec de Barcelona desde los dos años, es integrador social, estudiante de Trabajo Social en la Universidad de Barcelona y presidente de la asociación juvenil Jóvenes Unidos por el Poble-sec. Su trayectoria vital y su mirada comunitaria lo han llevado a implicarse activamente en proyectos de convivencia, participación juvenil y justicia social. Actualmente forma parte del Consejo Asesor Antirracista 2025-2035 del Ayuntamiento de Barcelona y ha participado en programas de liderazgo e innovación social como Generación Propósito (Fundación Princesa de Girona). Hace pocos días protagonizó una de las charlas de historias de vida para jóvenes de la Fundación Impulsa con el objetivo de inspirarlos a creer en sus propias capacidades.
¿Cómo recuerdas tu infancia?
Prácticamente no tengo recuerdos de mi etapa en Marruecos porque llegué aquí cuando era muy pequeño, pero sí recuerdo mucho mi experiencia en el Poble-sec y, sobre todo, en la Escuela Mossèn Jacint Verdaguer. Tuve la suerte de encontrar maestras excepcionales, como Rosalia y Conxita, que entendieron mi realidad socioeconómica y la de muchos compañeros. Hicieron que la escuela fuera un lugar agradable al que querer ir, en un momento en el que, por la situación que vivíamos, quizá era el último lugar donde querías estar. Ellas me hicieron creer que era inteligente y capaz de estudiar y seguir avanzando.
«Tuve maestras que hicieron que la escuela fuera un lugar agradable al que querer ir»
¿Y cómo fue tu paso por la ESO?
La experiencia en el instituto fue diferente; viví tratos y actitudes racistas y discriminatorias por parte del profesorado tanto hacia mí como hacia otros compañeros. Llegaron a decirnos que no servíamos para hacer bachillerato, hasta el punto de que yo mismo acabé pensando que el bachillerato no era para mí. Pero el hermano mayor de un amigo nos animó a intentarlo en otro instituto. Empecé el curso por los pelos, porque nos matricularon muy tarde. Contra todo pronóstico, la experiencia fue increíble. Me encontré con profesores y profesoras que daban oportunidades y hacían un esfuerzo real por entender la realidad del alumnado; acabé obteniendo la ESO con un 6,7 y el bachillerato con un 7,8.
«[Algunos profesores del instituto] llegaron a decirnos que no servíamos para hacer bachillerato, hasta el punto de que yo mismo acabé pensando que el bachillerato no era para mí»
¿Qué te llevó a estudiar Integración Social?
Inicialmente quería estudiar Administración y Finanzas, pero durante la ESO y el bachillerato estuve sin documentación regularizada. En casa vivíamos un proceso familiar complicado y no se podía justificar económicamente la situación para renovar el NIE. Esto provocó que pasara casi diez años sin papeles y, cuando finalmente pude regularizar mi situación, entendí mucho mejor cómo funcionaba todo el sistema y también las dificultades que viven muchos jóvenes. En aquel momento, junto con otros jóvenes del barrio, queríamos mejorar nuestro entorno y creamos la asociación Jóvenes Unidos del Poble-sec. Sentí que necesitaba herramientas y conocimientos técnicos para hacer ese trabajo mejor, y por eso estudié Integración Social.
¿Ha habido algún momento de inflexión en tu vida?
El momento de regularizar mi situación administrativa lo fue, sí. Estuve dos años entre el bachillerato y el grado superior sin atreverme a dar el paso, porque pensaba: si estudio y después no puedo hacer prácticas porque no tengo la documentación, ¿qué hago? Y una vez tuve los papeles, se me abrieron puertas que antes parecía imposible cruzar. Además, más allá del contenido académico, estudiar despierta habilidades que quizá ni sabías que tenías.
«Una vez tuve los papeles, se me abrieron puertas que antes parecía imposible cruzar»
¿Cuáles han sido las mayores dificultades que has tenido que superar?
Actualmente, para mí —y para muchos jóvenes como yo—, una de las dificultades más importantes es la vivienda. Tener que mudarte constantemente porque te suben el alquiler o no te renuevan el contrato te desestabiliza mucho. Así es difícil construir una zona segura. También fue difícil el momento de crear Jóvenes Unidos del Poble-sec; tuvimos que ser muy creativos e innovadores para conseguir un barrio más digno. Al principio había una mirada muy paternalista porque éramos jóvenes, pero nosotros reclamábamos cosas muy básicas: espacios útiles, equipamientos, más oportunidades deportivas y culturales… Y aun así, tuvimos que demostrar que la juventud no solo se implica, sino que también tiene capacidad para organizarse, mejorar el territorio y generar comunidad.
«Tuvimos que demostrar que la juventud no solo se implica, sino que también tiene capacidad para organizarse, mejorar el territorio y generar comunidad»
¿De dónde nace tu compromiso con la justicia social y el antirracismo?
El Poble-sec es un barrio muy diverso, con realidades muy distintas que conviven en un mismo espacio. Cuando pasas mucho tiempo en la calle y el espacio público es tu segunda casa, acabas construyendo vínculos muy fuertes con la gente. Ves cómo algunos jóvenes consiguen salir adelante, pero también ves situaciones muy duras: vulnerabilidad, drogas, conflictos o exclusión, y llega un momento en que te preguntas qué ha fallado y qué se podría haber hecho de otra manera. Entiendes que las administraciones tienen una gran responsabilidad y que no garantizar servicios mínimos, espacios de acompañamiento o alternativas limita mucho las oportunidades de la juventud. Una vez valoré la importancia de luchar por los derechos mínimos, entendí que necesitábamos mejorar el barrio, porque mejorarlo es también una inversión de futuro y una forma de prevención.
«Mejorar el barrio es también una inversión de futuro y una forma de prevención»
¿Qué impacto ha tenido en los jóvenes del barrio la creación de la asociación Jóvenes Unidos del Poble-sec?
Siempre hemos tenido muy claro que lo que construimos no puede quedarse en una actividad a la que la gente viene y se va sin llevarse nada significativo; todo lo que impulsamos tiene un componente de activación social. Vivimos en un contexto en el que mucha gente está desmotivada y no confía en el sistema democrático; necesitamos generar vínculos, participación y conciencia crítica. Transformar la realidad de una persona no siempre requiere grandes recursos o revoluciones; a veces, simplemente necesitamos sentirnos escuchados y acompañados. A partir del vínculo se genera comunidad y, aunque vivimos en un contexto que parece volverse cada vez más individualista, necesitamos a las demás personas para vivir, para inspirarnos y para crecer. Muchos jóvenes descubren habilidades que no sabían que tenían y terminan implicándose en otras iniciativas; así es como se generan liderazgos positivos y participación ciudadana. Muchos jóvenes nunca se han sentido parte activa del sistema, pero tienen ilusiones, motivaciones, ideas y talento; lo que a menudo falta son oportunidades y espacios para visibilizarlo. Si no escuchamos a los jóvenes, estamos perdiendo mucho potencial colectivo.
«Aunque vivimos en un contexto que parece volverse cada vez más individualista, necesitamos a las demás personas para vivir, para inspirarnos y para crecer»
¿Cómo imaginas una sociedad realmente justa y cohesionada?
Una sociedad justa debería empezar por un modelo democrático mucho más participativo, en el que la ciudadanía pudiera decidir e implicarse mucho más en el día a día. También debemos alejarnos del darwinismo social y construir relatos basados en la cooperación y el beneficio colectivo; es una ilusión pensar que nos salvaremos individualmente. En un momento en el que la tecnología y la inteligencia artificial pueden generar más desconexión, necesitamos construir espacios humanos, comunitarios y solidarios.
¿Qué consejo darías a un joven que esté pasando por un momento difícil?
Le diría que busque personas con las que pueda compartir lo que está viviendo y que tenga claro que no es culpable de lo que le pasa. La meritocracia muchas veces es un engaño; hay desigualdades estructurales que condicionan enormemente las oportunidades y, al final, todos somos vulnerables y necesitamos acompañarnos. Precisamente, esa vulnerabilidad es lo que nos permite construir vínculos profundos, solidaridad y cooperación.

